Daniel, un sueño hecho realidad

jueves, 14 de enero de 2016

El frío invierno comenzaba a notarse. La Navidad estaba cerca y podía escuchar voces y canciones que resultaban divertidas a mi alrededor. Yo estaba tranquilo y caliente. Me sentía protegido y confiaba tener esa sensación el resto de mi vida.
Sabía que pronto llegaría el día y poco a poco empecé a inquietarme. Tenía tantas ganas de estar en sus brazos, que sólo pensarlo me hacía temblar de emoción.

Era diecinueve de diciembre, ¡El cumple de mi mamá! No sabía cómo decirle que ansiaba sus besos, que quería conocerle ya. Se que ella no lo esperaba, demasiada coincidencia, pero, ¿Qué mejor regalo que yo?

Mis papás vivieron un amor de esos que dicen de cuento. Se que se quieren, como el primer día, y eso me hace sentir inmensamente afortunado. Deseaban mi llegada, era el fruto de todo lo que habían logrado juntos, era esa mezcla extraña de los dos, que les completaba, les realizaba y sobre todo, era el aumento de esa bonita familia que ellos ya formaban.

Mamá dormía cuando me empezó a sentir. Algo estaba pasando y los dolores de mi llegada le avisaban de que debía llamar a papá, que estaba trabajando. ¡Valiente mi mami! Supo mantener la calma en todo momento y eso hizo que yo permaneciese tranquilo.

Llegaron al hospital pero aún era pronto. Volvimos a casa y pudimos descansar, nos esperaba un largo día de cumpleaños y teníamos que estar preparados. Pero mis ganas eran tales que necesitaba salir, estar ahí, celebrar la vida y por fin, reunirme con mis papás.

Era mediodía, y consiguieron aliviar a mi mamá con algo que los médicos llamaron ´epidural´. Por fin ella no sufría. Reconozco que estaba asustado. ¿Les gustaría? ¿Sería como ellos habían imaginado una y otra vez? Tenía miedo, quería ser valiente y no llorar. Hacerlo bien. Pero me sentía débil y pequeño, aunque enormemente feliz.

Llegó la hora Daniel. Respiré profundamente y quise guardar en mi memoria la sensación de estar en mi mamá. Ahí dentro nada podía pasarme. Eran las nueve y veinte de la noche y una luz cegadora iluminó mi tímido rostro guiándome hacia ella.

¡Mamá! Ella me miró emocionada fijamente. Mis ojos diminutos se encontraron con los suyos y supe de inmediato lo que es amar sin límites, sin condición, sin conocernos, sin hablarnos...
Me llevó hacia su pecho y pude sentir ese calor inolvidable para mi. Por un momento creí que todo había sido un sueño, pero fue real.

Volví a sentirme protegido en su regazo. ¡Y ahí estaba él! Mi papá. Era tal y como pensaba. Tímido pero atento. Noble, fuerte, inteligente. Estaba tan emocionado que sus lágrimas apenas le dejaban verme con claridad.

Por fin estábamos los tres. Me sentía agradecido, contento, creo que no habrá un día más especial en nuestras vidas que este frío diecinueve.

Pronto me llevaron a conocer al resto de la familia. Todos lloraban de emoción, y fue entonces cuando noté que las lágrimas empapaban las mejillas de mamá y creo que, en ese momento descubrió que la vida puede ofrecer mucho más que momentos difíciles, que perdemos a personas y ganamos otras.  Que la tristeza siempre da paso a una alegría. Que mi ángel de la guarda me envió para colmarles de sonrisas y plena felicidad.

Lo había conseguido. Había logrado llegar a tiempo para darle a mamá mi especial e inigualable regalo de cumpleaños.



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